Los corazones sólo se pueden romper una vez de verdad

Sentado frente a la fogata de uno de los hoteles más lujosos de Finlandia, tratando de combatir las bajas temperaturas que me hielan la sangre, recuerdo una frase que escribió Carlos Ruíz Zafón en el libro ‘El Prisionero del Cielo’ y que le dice una bibliotecaria a David Martín, el ‘escritor maldito’ y protagonista de la historia: Los corazones sólo se pueden romper una vez de verdad.

¿Cómo es posible si desde mi juventud yo he sentido como el corazón se me cae a pedazos con cada rompimiento, con cada rechazo? Siento que las lágrimas que no dejo salir inundan por dentro mi tórax, el corazón late cada vez menos ahogado en dolor. Entonces pienso que es mentira, que se me ha roto tantas veces que ya parece un rompecabezas. Pero de todas las veces que me enamoré, a cuántas realmente amé, pienso. No lo sé, ya no sé qué es amar. El amor dejó de existir la vez que se me rompió de verdad el corazón.

Todo empezó con una copa de vino, recostados en la alfombra, desnudos, recuperando el aliento tras una sesión placentera de interacción corporal. Sexo. El amor fluía por mis venas a gran velocidad, tapando mis arterias. Es cuando tienes una sobredosis de amor que haces preguntas sin pensarlo. “¿Cuántos hijos quieres tener?”, le pregunté. Ella rápidamente se levantó, frunció el ceño y soltó una bomba, la cual ya había soltado muchos meses atrás pero, ya saben, a uno le gusta iniciar guerras. “Ya te había dicho que no quiero tener hijos”, respondió. Yo pensé que con tres años que llevábamos de relación y un anillo de compromiso en su dedo, su idea ya había cambiado, pero me equivoqué. Y del amor pasamos a la pasión, a una guerra apasionada, brutal, sin tregua, sin miramientos.

Yo quiero tener hijos y ella no. Nos amamos con todo nuestro ser. Pero esa pequeña diferencia es como si estuviéramos divididos por el Gran Cañón y ninguno de los dos cambiará de parecer, no importa lo que uno haga por el otro, siempre será la misma respuesta y ella lo acaba de confirmar. “Creo que no debemos casarnos”, dijo con las heridas de la batalla aun sangrando. “Está bien”, dije con firmeza pero con el corazón destrozado al verla tirar el anillo a la alfombra y salir de la habitación y de la casa. Encendió el auto y partió. No resistí la ruptura y hui.

Tantos rechazos, tantas negativas, y ahora la mujer que aceptó casarse conmigo después de tres años de maravillosa relación, me abandonó, y todo porque le mentí cuando dije que no me importaba que ella no quisiera tener hijos, pues tenía en la mente que cambiaría de opinión al pasar el tiempo juntos.

Nunca había sentido un dolor como este, el corazón estaba pulverizado, hecho cenizas y no creo que renazca como el Ave Fénix. Por eso, después de una segunda plática que fue menos violenta, decidimos confirmar la decisión de aquel día. Si ella se retractaba o yo pensaba en hacerlo, prefería que fuera a la distancia, separados por mar y tierra, por eso me fui a Finlandia.